lunes, 21 de octubre de 2013

"El sacristán", por Somerset Maugham

El Sacristán

por W. Somerset Maugham. (Título original: The Verger)

Aquella tarde se había celebrado un bautizo en la iglesia de San Pablo en

Neville Square, y Albert Edward Foreman aún llevaba su vestimenta de

sacristán.

Tenía una prenda nueva, de pliegues tan rígidos y voluminosos que parecía

hecha no de lana de alpaca sino de bronce escultural, pero ésta la reservaba

para bodas y funerales pues cuando de tales ceremonias se trataba la iglesia de

San Pablo era la predilecta entre la gente de bien. La que vestía ahora estaba

un tanto usada, condición sin embargo que no le impedía llevarla con cierta

complacida dignidad puesto que conformaba señal y símbolo del oficio que

desempeñaba, y cierto era que las veces que andaba sin ella (se la quitaba

antes de irse a casa) siempre experimentaba la sensación desconcertante de ir

algo ligero de ropa.

Le dedicaba un cuidado esmerado: era él mismo quien la lavaba y planchaba.

Había poseído varias de estas vestimentas a lo largo de los dieciséis años que

venía ejerciendo de sacristán en la iglesia, y jamás se había sentido capaz

de deshacerse de ninguna de ellas cuando ya no servía. De este modo, cada

vez que tocaba retirar una, ésta - cuidadosamente envuelta en papel de color

marrón - iba a sumarse a la ya larga secuencia que llenaba los últimos cajones

del armario en su habitación.

Ahora el sacristán se atareaba discretamente; volvió a colocar la tapa de

madera pintada sobre la pila de mármol, retiró la silla que se había traído para

una señora anciana y achacosa y luego se quedó esperando a que el párroco

terminara en la sacristía para poder ordenarla e irse a casa. Al cabo de un rato

le vio cruzar la cancillería y santiguarse ante el altar principal, para después

venir caminando en su dirección por el pasillo central; aún no se había quitado

las propias vestimentas.

- Y éste, ¿por qué no se menea? - dijo el sacristán para sus adentros - ¿es que

no ve que un servidor tiene hambre?

Poco tiempo hacía que el aludido, un hombre cuarentón de facciones

coloradas, ostentaba el título de párroco en Neville Square, y Edward Albert

aún lamentaba la marcha de su predecesor, un clérigo a la vieja usanza quien

predicaba sermones lánguidos con una voz plateada y salía a cenar a menudo

con los más aristocráticos de sus feligreses. Si bien le gustaba tener cada

cosa en su lugar no se le podía tachar de maniático; éste en cambio insistía

en meter las narices en todo. Pero Edward Albert era tolerante: el nuevo

reverendo provenía del East End y no se podía esperar que se adaptara de la

noche al día a las costumbres discretas de su gentil congregación.

- Todo este trajín - se dijo Edward Albert. - Pero tiempo al tiempo, ya

aprenderá.

Cuando el pastor hubo avanzado por el pasillo lo suficientemente como para

poder dirigirse a su sacristán sin alzar indecorosamente la voz, se detuvo.

- Foreman, haz el favor de acompañarme a mi oficina un momento. Quisiera

hablar contigo.

- Como desee señor.

El religioso le aguardó hasta que estuvo a su lado y entonces los dos hombres

caminaron juntos por la iglesia.

- Muy bonito el bautizo, señor, de veras. Me he fijado en como la criatura ha

dejado de llorar cuando usted la ha tomado en sus brazos.

- Yo también me he fijado a menudo en eso - dijo el cura con una leve sonrisa.

- Al fin y al cabo he tenido bastante experiencia.

Ya sabía que las más de las veces era capaz de calmar a un lactante

lloriqueante con su manera de sostenerlo y esto le era motivo de un sosegado

orgullo; tampoco se mostraba del todo indiferente a la divertida admiración

con que las madres y niñeras le observaban mientras acomodaba al recién

nacido sobre la manga de la sobrepelliz. El sacristán por su parte sabía que le

gustaba que este don suyo fuera reconocido.

El párroco entró primero en la sacristía, y Albert Edward se sorprendió un

poco cuando al seguirlo se encontró allí con dos miembros del consejo, a

quienes no había visto entrar. Le saludaron inclinando amablemente la cabeza.

- Buenas tardes milord. Buenas tardes señor. - Les dijo al uno y al otro.

Eran dos señores de edad avanzada, y llevaban en sus cargos casi tanto tiempo

como Edward Albert en el suyo. Estaban sentados detrás de una hermosa

mesa de refectorio que el párroco anterior había traído años atrás de Italia;

el actual tomó asiento en la silla que había entre los dos. Edward Albert

les quedó mirando, con la mesa de por medio, y con un ligero malestar se

preguntaba cuál podría ser el problema. Se acordaba de aquella ocasión

cuando la organista se había metido en una situación comprometida y de

cuántas molestias les costó tapar el asunto. En una iglesia como la de San

Pedro en Neville Square, no podían permitirse escándalos. La cara rubicunda

del párroco componía una expresión de resolución benigna, pero a los otros

dos se les veía bastante incómodos.

- Les tiene mareados, eso es - se dijo el sacristán. – Les ha estado dando la

lata para que hagan algo, y ese algo no les gusta para nada. Eso es lo que hay,

podría jurármelo.

Estos pensamientos, sin embargo, no se le podían leer en las facciones

elegantes y distinguidas. Permanecía de pie mirándoles con una actitud

respetuosa, pero de ninguna manera obsequiosa; antes de desempeñar su

actual oficio eclesiástico había sido mayordomo, y eso en las mejores casas,

por lo que sus modales eran irreprochables. Había empezado como recadista

de un mercader ricachón, y poco a poco había avanzado desde el puesto de

cuarto ayudante de cámara hasta primero; luego durante un año sirvió de

mayordomo en casa de la viuda de un noble y más tarde, hasta que le salió el

puesto en la iglesia, había ejercido el mismo oficio en casa de un embajador

retirado con dos hombres a sus ordenes. Era alto, delgado y digno; su aspecto

recordaba si no el de un duque, por lo menos el de un actor a la vieja usanza

especializado en encarnar duques. Se portaba con tacto, firmeza y entereza. El

suyo era un carácter impecable.

El párroco empezó sin preámbulos:

- Foreman, tenemos algo desagradable que decirte. Llevas muchísimos años

aquí y creo que Su Excelencia y el General estarán de acuerdo conmigo

cuando digo que has cumplido las responsabilidades de tu cargo a la

satisfacción de todos.

Los dos coadjutores asintieron con la cabeza.

- Pero el otro día llegué a enterarme de la más extraordinaria de las

circunstancias y me creí en la obligación de comunicárselo a los señores del

consejo. He sabido para mi asombro que no sabes ni leer ni escribir.

La cara del sacristán no se inmutó:

- El último reverendo lo sabía señor, - le contestó – y no le importaba para

nada. Siempre decía que había demasiados maestrillos y librillos para su

gusto.

- Es la cosa más increíble que he oído, - exclamó el General. - ¿Quieres decir

que llevas dieciséis años como sacristán en esta iglesia, y nunca has aprendido

ni a leer ni a escribir?

- Empecé en el servicio doméstico cuando tenía doce años, señor. La cocinera

donde mi primera colocación intentó enseñarme una vez, pero no le pillaba el

truco, que digamos, y luego con una cosa y otra ya no tuve tiempo. Y nunca

me ha hecho falta, la verdad; me parece que hoy en día hay muchos jóvenes

que pierden su tiempo leyendo cuando podrían estar haciendo algo más

provechoso.

- Pero ¿no quieres leer las noticias? – preguntó el otro caballero. - ¿Nunca has

querido escribir una carta?

- No milord, me parece que me las arreglo así como estoy. Y resulta que

últimamente los periódicos traen muchas fotografías y ellas me ayudan

bastante a mantenerme al corriente. Luego si quiero escribir una carta, pues mi

señora esposa es muy instruida y ella me la hace. Y tampoco soy de los que

corren apuestas.

Perturbados, los dos coadjutores miraron de reojo al párroco y después

bajaron la vista a la mesa.

- Bien, Foreman, he hablado de este asunto con los señores del consejo y

están completamente de acuerdo conmigo en que esta situación es imposible.

No podemos permitir que el sacristán de una iglesia como la nuestra sea

analfabeto.

Albert Edward no dijo nada, pero su cara delgada y normalmente cetrina se

puso colorada.

- Compréndeme Foreman, no tengo ninguna queja contra ti personalmente.

Desempeñas tu trabajo satisfactoriamente y tengo la más alta opinión tanto

de tu carácter como de tu capacidad; pero en toda conciencia no podemos

seguir corriendo el riesgo de que nos ocurra alguna desgracia debido a esta

lamentable ignorancia tuya. Es una cuestión no sólo de principios sino de

prevención.

- Oye Foreman, ¿y no podrías aprender..? – preguntó el General.

- No señor, me temo que no; ya no. Verá, ya no soy tan joven y si no me

entraban las letras antes cuando era un chavalín pues con menos razón iban a

entrarme ahora.

- No queremos ser injustos contigo Foreman, pero los consejeros y yo nos

hemos decidido: te concederemos tres meses y si al término de dicho plazo

todavía no has remediado esta falta me temo que tendremos que prescindir de

tus servicios.

A Albert Edward no le había gustado nunca el nuevo párroco. Llevaba

diciendo desde el principio que habían metido la pata mandándole para la

iglesia de San Pablo. Carecía de la clase necesaria para una congregación tan

fina. Ahora se irguió un poco: él mismo conocía su propio valor y no iba a

permitir que le avasallaran.

- Lo siento mucho señor, pero me temo que no hay remedio. Tengo la

mollera demasiado dura ya para que me entren cosas nuevas. He vivido todos

estos años, que no son pocos, sin saber leer ni escribir y sin querer pecar

de orgulloso, pues quien a sí mismo se alaba mal acaba, no tengo reparos

en decirle que he cumplido con mi deber en esta vocación que la divina

providencia ha querido que yo ejerza, y aun si pudiera aprender ahora pues

dudo mucho que quisiera.

- Muy bien Foreman. Así las cosas me temo que tendrás que marcharte.

- Si señor, comprendo, por mí no hay inconveniente. Renunciaré tan pronto

haya encontrado usted a quien me sustituya.

Pero cuando Albert Edward, con su educación de siempre, hubo cerrado

la puerta tras él, dejando allí al párroco con los dos coadjutores, no podía

mantener el aire de imperturbable dignidad con la que había encajado el

duro golpe recibido, y empezaron a temblarle los labios. Se fue caminando

lentamente a la sacristía donde colgó sus vestimentas en la percha que las

aguardaba. Se le escapó un suspiro mientras pensaba en todos los funerales

solemnes y todas las bodas elegantes que había presenciado. Ordenó las cosas,

se puso el abrigo, y con el sombrero en la mano volvió por el pasillo. Cerró

la puerta principal y echó la llave. Caminando lentamente, cruzó la plaza,

pero tan sumido iba en sus lúgubres pensamientos que dejó atrás la calle que

conducía a su casa y la buena y reconfortante taza de té que allí le esperaba;

en fin, se equivocó de camino. Caminaba muy lento: no sabía qué hacer. No

le apetecía nada volver al servicio doméstico; después de pasar tantos años sin

otro amo que él mismo – porque dijeran lo que dijeran el párroco y el consejo,

era él quien aseguraba el buen funcionamiento de la iglesia – no podía

rebajarse ahora a buscar una colocación. Tenía sus ahorros, pero la cantidad,

aunque no despreciable, no era suficiente como para vivir sin trabajar y menos

aún cuando la vida cada año resultaba más cara. Nunca se le había ocurrido

pensar en esta eventualidad: los sacristanes de la iglesia de San Pablo, como

los Papas de Roma, tenían un cargo vitalicio. A menudo había pensado en el

sermón que dedicaría el reverendo, en los maitines del primer domingo tras su

muerte, al carácter ejemplar del finado sacristán Albert Edward Foreman y el

largo y fiel servicio por él brindado. Suspiró profundamente. Nuestro Albert

Edward no fumaba y era totalmente abstemio, aunque se concedía a sí mismo

cierta licencia; es decir, gustaba de tomar un vaso de cerveza con su cena y

cuando se sentía cansado le apetecía fumar un buen cigarrillo: ahora pensó

que fumarse uno le consolaría y como nunca llevaba tabaco encima empezó

a mirar arriba y abajo en busca de un sitio que expendiera Gold Flake. Al no

ver ninguna tabaquería echó a caminar un poco más; era una calle larga que

contaba con abundantes tiendas, pero no había ninguna donde uno pudiera

comprarse tabacos.

- Qué raro – se dijo Edward Albert.

Para estar seguro volvió a bajar por la misma calle que acababa de subir:

no, ya no le cabía ninguna duda. Entonces se quedó un rato allí, mirando

pensativamente a su alrededor.

- No puedo ser el único hombre que haya caminado por esta calle y querido

echarse un pitillo – pensó. - Ya creo que uno podría hacerse un buen negocio

aquí si montara una tiendecita. De tabacos y golosinas, quiero decir.

Dio un respingo.

- Oye, pues vaya una idea – se dijo. – Es extraño como te vienen las ideas

cuando menos las esperas.

Y dio media vuelta y fue caminando a casa.

- Muy callado te veo esta tarde, Edward Albert – observó su mujer después de

la cena.

- Es que estoy pensando – contestó.

Miró el asunto desde los cuatro costados y el día siguiente volvió a caminar

por la calle de la víspera; la suerte le acompaño pues dio con una tiendecita

en alquiler que parecía ajustarse exactamente a sus propósitos. Al otro día

ya había firmado el contrato y, cuando un mes más tarde abandonara para

siempre la iglesia de San Pablo en Neville Square, Albert Edward Foreman

estableció su pequeño negocio de tabaquería y papelería. Su esposa opinó que

era una vergüenza que uno que había sido sacristán en Neville Square tuviera

que rebajarse tanto, pero él respondió que soplaban vientos de cambio y que la

iglesia ya no era como antes, y que en adelante él daría a César lo que era de

César. A Albert Edward las cosas le fueron muy bien, tanto que después de un

año se le ocurrió que podría contratar a un encargado y poner otra tiendecita,

de modo que buscó otra calle larga y sin tabaquería que tuviera un local en

alquiler, y cuando la encontró allí puso otro negocio y lo aprovisionó. Esta

empresa también fue un éxito. Entonces razonó que si era capaz de llevar dos

tiendas pues muy bien podría llevar varias, así que se echó a caminar por la

ciudad de Londres y cada vez que encontraba locales en alquiler en calles

largas y sin tabaquería, los tomaba. En el transcurso de diez años adquirió

nada menos de diez tiendas y estaba ganando dinero a espuertas.

Cada lunes él iba personalmente a cada una de sus tiendas para recoger las

ganancias de la semana y llevarlas al banco. Una mañana cuando estaba

depositando un gran fajo de billetes y una pesada bolsa de monedas, el

cajero le dijo que el director deseaba verle. Le condujeron a un despacho y el

director le saludó con un apretón de manos.

- Señor Foreman, quería hablar con usted sobre el dinero que tiene depositado

con nosotros. ¿Sabe a cuánto asciende?

- Bueno señor, no llevo las cuentas hasta la última libra como quien dice, pero

en números redondos creo que sí.

- Sin contar lo que ha ingresado esta mañana, su haber supera ya las treinta

mil libras. Es una cantidad importante y hubiera pensado que sacaría usted un

mayor rendimiento mediante algunas inversiones.

- No quisiera hacer nada arriesgado, señor. Yo sé que está a buen recaudo aquí

en el banco.

- No debe preocuparse en absoluto. Le haremos una lista de valores de

primera, le aportarán unos intereses que a nosotros francamente sería

imposible ofrecerle.

Una sombra de duda descendió sobre los rasgos distinguidos del señor

Foreman. – No me he metido nunca en aquello de valores y acciones. Tendría

que dejarlo todo en sus manos. – Dijo.

El director sonrió. – Deje los detalles a nuestra cuenta. Lo único que tendrá

que hacer es firmar las autorizaciones.

- Bueno, así las cosas todo parece fácil – dijo Albert, poco convencido. – Pero

¿cómo habría de saber qué clase de cosa estoy firmando?

- Sabe usted leer, supongo – dijo el director, impacientándose un poco.

El señor Foreman le dirigió una sonrisa cándida:

- Bueno señor, ahí está la cosa. No puedo. Sé que parece raro, pero es así, no

sé ni leer ni escribir; únicamente mi nombre, y eso sólo cuando empecé con

los negocios.

El director saltó de su asiento, de tan sorprendido estaba: - ¡Esta es la cosa

más extraordinaria que he oído jamás!

- Verá usted, cómo se lo explico… Es que nunca tuve oportunidad de aprender

hasta que era demasiado tarde, y entonces no quise. No sé, me puse como

terco.

El director del banco le miraba con ojos desorbitados, como si contemplara

algún engendro prehistórico.

- ¿Pretende decirme que ha montado este importante negocio y amasado una

fortuna de treinta mil libras sin saber empuñar una pluma? Dios bendito,

¡dónde estaría ahora este hombre si pudiera leer y escribir!

- Eso sí se lo puedo decir, señor – dijo Albert Edward Foreman, un amago de

sonrisa apareciendo en sus aún aristocráticas facciones – yo sería el sacristán

de la iglesia de San Pablo en Neville Square.


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