El Sacristán
por W. Somerset Maugham. (Título original: The Verger)
Aquella tarde se había celebrado un bautizo en la iglesia de San Pablo en
Neville Square, y Albert Edward Foreman aún llevaba su vestimenta de
sacristán.
Tenía una prenda nueva, de pliegues tan rígidos y voluminosos que parecía
hecha no de lana de alpaca sino de bronce escultural, pero ésta la reservaba
para bodas y funerales pues cuando de tales ceremonias se trataba la iglesia de
San Pablo era la predilecta entre la gente de bien. La que vestía ahora estaba
un tanto usada, condición sin embargo que no le impedía llevarla con cierta
complacida dignidad puesto que conformaba señal y símbolo del oficio que
desempeñaba, y cierto era que las veces que andaba sin ella (se la quitaba
antes de irse a casa) siempre experimentaba la sensación desconcertante de ir
algo ligero de ropa.
Le dedicaba un cuidado esmerado: era él mismo quien la lavaba y planchaba.
Había poseído varias de estas vestimentas a lo largo de los dieciséis años que
venía ejerciendo de sacristán en la iglesia, y jamás se había sentido capaz
de deshacerse de ninguna de ellas cuando ya no servía. De este modo, cada
vez que tocaba retirar una, ésta - cuidadosamente envuelta en papel de color
marrón - iba a sumarse a la ya larga secuencia que llenaba los últimos cajones
del armario en su habitación.
Ahora el sacristán se atareaba discretamente; volvió a colocar la tapa de
madera pintada sobre la pila de mármol, retiró la silla que se había traído para
una señora anciana y achacosa y luego se quedó esperando a que el párroco
terminara en la sacristía para poder ordenarla e irse a casa. Al cabo de un rato
le vio cruzar la cancillería y santiguarse ante el altar principal, para después
venir caminando en su dirección por el pasillo central; aún no se había quitado
las propias vestimentas.
- Y éste, ¿por qué no se menea? - dijo el sacristán para sus adentros - ¿es que
no ve que un servidor tiene hambre?
Poco tiempo hacía que el aludido, un hombre cuarentón de facciones
coloradas, ostentaba el título de párroco en Neville Square, y Edward Albert
aún lamentaba la marcha de su predecesor, un clérigo a la vieja usanza quien
predicaba sermones lánguidos con una voz plateada y salía a cenar a menudo
con los más aristocráticos de sus feligreses. Si bien le gustaba tener cada
cosa en su lugar no se le podía tachar de maniático; éste en cambio insistía
en meter las narices en todo. Pero Edward Albert era tolerante: el nuevo
reverendo provenía del East End y no se podía esperar que se adaptara de la
noche al día a las costumbres discretas de su gentil congregación.
- Todo este trajín - se dijo Edward Albert. - Pero tiempo al tiempo, ya
aprenderá.
Cuando el pastor hubo avanzado por el pasillo lo suficientemente como para
poder dirigirse a su sacristán sin alzar indecorosamente la voz, se detuvo.
- Foreman, haz el favor de acompañarme a mi oficina un momento. Quisiera
hablar contigo.
- Como desee señor.
El religioso le aguardó hasta que estuvo a su lado y entonces los dos hombres
caminaron juntos por la iglesia.
- Muy bonito el bautizo, señor, de veras. Me he fijado en como la criatura ha
dejado de llorar cuando usted la ha tomado en sus brazos.
- Yo también me he fijado a menudo en eso - dijo el cura con una leve sonrisa.
- Al fin y al cabo he tenido bastante experiencia.
Ya sabía que las más de las veces era capaz de calmar a un lactante
lloriqueante con su manera de sostenerlo y esto le era motivo de un sosegado
orgullo; tampoco se mostraba del todo indiferente a la divertida admiración
con que las madres y niñeras le observaban mientras acomodaba al recién
nacido sobre la manga de la sobrepelliz. El sacristán por su parte sabía que le
gustaba que este don suyo fuera reconocido.
El párroco entró primero en la sacristía, y Albert Edward se sorprendió un
poco cuando al seguirlo se encontró allí con dos miembros del consejo, a
quienes no había visto entrar. Le saludaron inclinando amablemente la cabeza.
- Buenas tardes milord. Buenas tardes señor. - Les dijo al uno y al otro.
Eran dos señores de edad avanzada, y llevaban en sus cargos casi tanto tiempo
como Edward Albert en el suyo. Estaban sentados detrás de una hermosa
mesa de refectorio que el párroco anterior había traído años atrás de Italia;
el actual tomó asiento en la silla que había entre los dos. Edward Albert
les quedó mirando, con la mesa de por medio, y con un ligero malestar se
preguntaba cuál podría ser el problema. Se acordaba de aquella ocasión
cuando la organista se había metido en una situación comprometida y de
cuántas molestias les costó tapar el asunto. En una iglesia como la de San
Pedro en Neville Square, no podían permitirse escándalos. La cara rubicunda
del párroco componía una expresión de resolución benigna, pero a los otros
dos se les veía bastante incómodos.
- Les tiene mareados, eso es - se dijo el sacristán. – Les ha estado dando la
lata para que hagan algo, y ese algo no les gusta para nada. Eso es lo que hay,
podría jurármelo.
Estos pensamientos, sin embargo, no se le podían leer en las facciones
elegantes y distinguidas. Permanecía de pie mirándoles con una actitud
respetuosa, pero de ninguna manera obsequiosa; antes de desempeñar su
actual oficio eclesiástico había sido mayordomo, y eso en las mejores casas,
por lo que sus modales eran irreprochables. Había empezado como recadista
de un mercader ricachón, y poco a poco había avanzado desde el puesto de
cuarto ayudante de cámara hasta primero; luego durante un año sirvió de
mayordomo en casa de la viuda de un noble y más tarde, hasta que le salió el
puesto en la iglesia, había ejercido el mismo oficio en casa de un embajador
retirado con dos hombres a sus ordenes. Era alto, delgado y digno; su aspecto
recordaba si no el de un duque, por lo menos el de un actor a la vieja usanza
especializado en encarnar duques. Se portaba con tacto, firmeza y entereza. El
suyo era un carácter impecable.
El párroco empezó sin preámbulos:
- Foreman, tenemos algo desagradable que decirte. Llevas muchísimos años
aquí y creo que Su Excelencia y el General estarán de acuerdo conmigo
cuando digo que has cumplido las responsabilidades de tu cargo a la
satisfacción de todos.
Los dos coadjutores asintieron con la cabeza.
- Pero el otro día llegué a enterarme de la más extraordinaria de las
circunstancias y me creí en la obligación de comunicárselo a los señores del
consejo. He sabido para mi asombro que no sabes ni leer ni escribir.
La cara del sacristán no se inmutó:
- El último reverendo lo sabía señor, - le contestó – y no le importaba para
nada. Siempre decía que había demasiados maestrillos y librillos para su
gusto.
- Es la cosa más increíble que he oído, - exclamó el General. - ¿Quieres decir
que llevas dieciséis años como sacristán en esta iglesia, y nunca has aprendido
ni a leer ni a escribir?
- Empecé en el servicio doméstico cuando tenía doce años, señor. La cocinera
donde mi primera colocación intentó enseñarme una vez, pero no le pillaba el
truco, que digamos, y luego con una cosa y otra ya no tuve tiempo. Y nunca
me ha hecho falta, la verdad; me parece que hoy en día hay muchos jóvenes
que pierden su tiempo leyendo cuando podrían estar haciendo algo más
provechoso.
- Pero ¿no quieres leer las noticias? – preguntó el otro caballero. - ¿Nunca has
querido escribir una carta?
- No milord, me parece que me las arreglo así como estoy. Y resulta que
últimamente los periódicos traen muchas fotografías y ellas me ayudan
bastante a mantenerme al corriente. Luego si quiero escribir una carta, pues mi
señora esposa es muy instruida y ella me la hace. Y tampoco soy de los que
corren apuestas.
Perturbados, los dos coadjutores miraron de reojo al párroco y después
bajaron la vista a la mesa.
- Bien, Foreman, he hablado de este asunto con los señores del consejo y
están completamente de acuerdo conmigo en que esta situación es imposible.
No podemos permitir que el sacristán de una iglesia como la nuestra sea
analfabeto.
Albert Edward no dijo nada, pero su cara delgada y normalmente cetrina se
puso colorada.
- Compréndeme Foreman, no tengo ninguna queja contra ti personalmente.
Desempeñas tu trabajo satisfactoriamente y tengo la más alta opinión tanto
de tu carácter como de tu capacidad; pero en toda conciencia no podemos
seguir corriendo el riesgo de que nos ocurra alguna desgracia debido a esta
lamentable ignorancia tuya. Es una cuestión no sólo de principios sino de
prevención.
- Oye Foreman, ¿y no podrías aprender..? – preguntó el General.
- No señor, me temo que no; ya no. Verá, ya no soy tan joven y si no me
entraban las letras antes cuando era un chavalín pues con menos razón iban a
entrarme ahora.
- No queremos ser injustos contigo Foreman, pero los consejeros y yo nos
hemos decidido: te concederemos tres meses y si al término de dicho plazo
todavía no has remediado esta falta me temo que tendremos que prescindir de
tus servicios.
A Albert Edward no le había gustado nunca el nuevo párroco. Llevaba
diciendo desde el principio que habían metido la pata mandándole para la
iglesia de San Pablo. Carecía de la clase necesaria para una congregación tan
fina. Ahora se irguió un poco: él mismo conocía su propio valor y no iba a
permitir que le avasallaran.
- Lo siento mucho señor, pero me temo que no hay remedio. Tengo la
mollera demasiado dura ya para que me entren cosas nuevas. He vivido todos
estos años, que no son pocos, sin saber leer ni escribir y sin querer pecar
de orgulloso, pues quien a sí mismo se alaba mal acaba, no tengo reparos
en decirle que he cumplido con mi deber en esta vocación que la divina
providencia ha querido que yo ejerza, y aun si pudiera aprender ahora pues
dudo mucho que quisiera.
- Muy bien Foreman. Así las cosas me temo que tendrás que marcharte.
- Si señor, comprendo, por mí no hay inconveniente. Renunciaré tan pronto
haya encontrado usted a quien me sustituya.
Pero cuando Albert Edward, con su educación de siempre, hubo cerrado
la puerta tras él, dejando allí al párroco con los dos coadjutores, no podía
mantener el aire de imperturbable dignidad con la que había encajado el
duro golpe recibido, y empezaron a temblarle los labios. Se fue caminando
lentamente a la sacristía donde colgó sus vestimentas en la percha que las
aguardaba. Se le escapó un suspiro mientras pensaba en todos los funerales
solemnes y todas las bodas elegantes que había presenciado. Ordenó las cosas,
se puso el abrigo, y con el sombrero en la mano volvió por el pasillo. Cerró
la puerta principal y echó la llave. Caminando lentamente, cruzó la plaza,
pero tan sumido iba en sus lúgubres pensamientos que dejó atrás la calle que
conducía a su casa y la buena y reconfortante taza de té que allí le esperaba;
en fin, se equivocó de camino. Caminaba muy lento: no sabía qué hacer. No
le apetecía nada volver al servicio doméstico; después de pasar tantos años sin
otro amo que él mismo – porque dijeran lo que dijeran el párroco y el consejo,
era él quien aseguraba el buen funcionamiento de la iglesia – no podía
rebajarse ahora a buscar una colocación. Tenía sus ahorros, pero la cantidad,
aunque no despreciable, no era suficiente como para vivir sin trabajar y menos
aún cuando la vida cada año resultaba más cara. Nunca se le había ocurrido
pensar en esta eventualidad: los sacristanes de la iglesia de San Pablo, como
los Papas de Roma, tenían un cargo vitalicio. A menudo había pensado en el
sermón que dedicaría el reverendo, en los maitines del primer domingo tras su
muerte, al carácter ejemplar del finado sacristán Albert Edward Foreman y el
largo y fiel servicio por él brindado. Suspiró profundamente. Nuestro Albert
Edward no fumaba y era totalmente abstemio, aunque se concedía a sí mismo
cierta licencia; es decir, gustaba de tomar un vaso de cerveza con su cena y
cuando se sentía cansado le apetecía fumar un buen cigarrillo: ahora pensó
que fumarse uno le consolaría y como nunca llevaba tabaco encima empezó
a mirar arriba y abajo en busca de un sitio que expendiera Gold Flake. Al no
ver ninguna tabaquería echó a caminar un poco más; era una calle larga que
contaba con abundantes tiendas, pero no había ninguna donde uno pudiera
comprarse tabacos.
- Qué raro – se dijo Edward Albert.
Para estar seguro volvió a bajar por la misma calle que acababa de subir:
no, ya no le cabía ninguna duda. Entonces se quedó un rato allí, mirando
pensativamente a su alrededor.
- No puedo ser el único hombre que haya caminado por esta calle y querido
echarse un pitillo – pensó. - Ya creo que uno podría hacerse un buen negocio
aquí si montara una tiendecita. De tabacos y golosinas, quiero decir.
Dio un respingo.
- Oye, pues vaya una idea – se dijo. – Es extraño como te vienen las ideas
cuando menos las esperas.
Y dio media vuelta y fue caminando a casa.
- Muy callado te veo esta tarde, Edward Albert – observó su mujer después de
la cena.
- Es que estoy pensando – contestó.
Miró el asunto desde los cuatro costados y el día siguiente volvió a caminar
por la calle de la víspera; la suerte le acompaño pues dio con una tiendecita
en alquiler que parecía ajustarse exactamente a sus propósitos. Al otro día
ya había firmado el contrato y, cuando un mes más tarde abandonara para
siempre la iglesia de San Pablo en Neville Square, Albert Edward Foreman
estableció su pequeño negocio de tabaquería y papelería. Su esposa opinó que
era una vergüenza que uno que había sido sacristán en Neville Square tuviera
que rebajarse tanto, pero él respondió que soplaban vientos de cambio y que la
iglesia ya no era como antes, y que en adelante él daría a César lo que era de
César. A Albert Edward las cosas le fueron muy bien, tanto que después de un
año se le ocurrió que podría contratar a un encargado y poner otra tiendecita,
de modo que buscó otra calle larga y sin tabaquería que tuviera un local en
alquiler, y cuando la encontró allí puso otro negocio y lo aprovisionó. Esta
empresa también fue un éxito. Entonces razonó que si era capaz de llevar dos
tiendas pues muy bien podría llevar varias, así que se echó a caminar por la
ciudad de Londres y cada vez que encontraba locales en alquiler en calles
largas y sin tabaquería, los tomaba. En el transcurso de diez años adquirió
nada menos de diez tiendas y estaba ganando dinero a espuertas.
Cada lunes él iba personalmente a cada una de sus tiendas para recoger las
ganancias de la semana y llevarlas al banco. Una mañana cuando estaba
depositando un gran fajo de billetes y una pesada bolsa de monedas, el
cajero le dijo que el director deseaba verle. Le condujeron a un despacho y el
director le saludó con un apretón de manos.
- Señor Foreman, quería hablar con usted sobre el dinero que tiene depositado
con nosotros. ¿Sabe a cuánto asciende?
- Bueno señor, no llevo las cuentas hasta la última libra como quien dice, pero
en números redondos creo que sí.
- Sin contar lo que ha ingresado esta mañana, su haber supera ya las treinta
mil libras. Es una cantidad importante y hubiera pensado que sacaría usted un
mayor rendimiento mediante algunas inversiones.
- No quisiera hacer nada arriesgado, señor. Yo sé que está a buen recaudo aquí
en el banco.
- No debe preocuparse en absoluto. Le haremos una lista de valores de
primera, le aportarán unos intereses que a nosotros francamente sería
imposible ofrecerle.
Una sombra de duda descendió sobre los rasgos distinguidos del señor
Foreman. – No me he metido nunca en aquello de valores y acciones. Tendría
que dejarlo todo en sus manos. – Dijo.
El director sonrió. – Deje los detalles a nuestra cuenta. Lo único que tendrá
que hacer es firmar las autorizaciones.
- Bueno, así las cosas todo parece fácil – dijo Albert, poco convencido. – Pero
¿cómo habría de saber qué clase de cosa estoy firmando?
- Sabe usted leer, supongo – dijo el director, impacientándose un poco.
El señor Foreman le dirigió una sonrisa cándida:
- Bueno señor, ahí está la cosa. No puedo. Sé que parece raro, pero es así, no
sé ni leer ni escribir; únicamente mi nombre, y eso sólo cuando empecé con
los negocios.
El director saltó de su asiento, de tan sorprendido estaba: - ¡Esta es la cosa
más extraordinaria que he oído jamás!
- Verá usted, cómo se lo explico… Es que nunca tuve oportunidad de aprender
hasta que era demasiado tarde, y entonces no quise. No sé, me puse como
terco.
El director del banco le miraba con ojos desorbitados, como si contemplara
algún engendro prehistórico.
- ¿Pretende decirme que ha montado este importante negocio y amasado una
fortuna de treinta mil libras sin saber empuñar una pluma? Dios bendito,
¡dónde estaría ahora este hombre si pudiera leer y escribir!
- Eso sí se lo puedo decir, señor – dijo Albert Edward Foreman, un amago de
sonrisa apareciendo en sus aún aristocráticas facciones – yo sería el sacristán
de la iglesia de San Pablo en Neville Square.

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